lunes, 22 de septiembre de 2008

Reflexiones en el día de la juventud (*)

*Escrito para el quincenario Encuentro

Los nacidos entre el 80 y el 90 hemos visto al mundo pasar por cambios impresionantes. Crecimos sin Internet ni celulares, pero hoy no podemos imaginarnos la vida sin ellos; vimos como el cassette era reemplazado por el CD y luego éste por el iPod; fuimos testigos de la clonación de la oveja Dolly.

Nuestra aún corta vida ha estado marcada por el cambio constante y éste parece ser la norma que rige el paso del tiempo. Todo cambia y lo nuevo es mejor que lo viejo, o al menos eso es lo que nos han hecho creer. Los medios de comunicación tienen una vasta presencia, marcan nuestro ritmo de vida, e incluso nos dicen qué comprar o dónde ir.

Esta revolución en la información también ha afectado la forma de comunicarnos: fuimos la primera generación que creció con el correo electrónico, el chat y los “msjs d txt”. Hoy podemos hablar y tener videoconferencias en tiempo real desde casa, tal como lo veíamos en los Supersónicos. De esta forma, las distancias pueden muchas veces parecer insignificantes.

Ciertamente, el mundo en el que vivimos es muy distinto al mundo en que vivieron nuestros padres y es normal que los jóvenes nos consideremos muy diferentes a ellos, tal como ellos mismos se consideraban distintos de nuestros abuelos hace algunas décadas.

El mundo de hoy ha logrado grandes avances y ha superado muchas dificultades. Aún así, ser joven nunca es tarea fácil y las dificultades del siglo XXI son distintas a las que enfrentaron nuestros padres y abuelos. Hoy vivimos rodeados por una “cultura de muerte”, donde el gusto y el disgusto parecen ser la medida de todas las cosas, y se pierde el sentido de la búsqueda por lo bueno y lo verdadero, mientras que el dolor y el sufrimiento son vistos únicamente como males que deben ser evitados a como dé lugar.

¿Por qué esperar llegar a viejos y lamentarnos por lo que no hicimos? ¿Por qué acomodarnos y darnos por satisfechos con la mediocridad? ¿Por qué no irradiar a todos con nuestro entusiasmo y energía? ¿Por qué no darlo todo para ser felices? ¿Por qué tenerle miedo a lo auténtico?

Los jóvenes, de hoy y de antes, somos audaces y entusiastas, estamos llenos de anhelos e inquietudes, sentimos que podemos cambiar el mundo. Los jóvenes no sólo somos el futuro, somos el presente. En nuestras manos está, desde donde nos corresponda, el marcar la diferencia y hacer de nuestra ciudad y de nuestro país, un lugar mejor, dando así, un auténtico sentido a nuestra vida.


sábado, 13 de septiembre de 2008

No quiero seguir vivo, quiero vivir

Aunque vi esta cinta hace ya más de un mes, me gustaría compartir esta nota en la blogósfera.

Disney y Pixar nuevamente nos sorprenden con una cinta dirigida al público infantil y aparentemente hecha para niños, pero que también encierra un mensaje más profundo. Ya lo hizo hace algunos años con “Los increíbles” y lo vuelve a hacer con “Wall·E”.

Wall·E nos narra la historia del último de una legión de pequeños robots (sobrinos lejanos de Johnny 5 de Corto-circuito) que tienen como labor recoger la basura acumulada en la Tierra por los humanos durante décadas, mientras la humanidad espera en una estación espacial que orbita la Tierra hasta que nuevamente pueda soportar la vida.

La tripulación de la estación envía periódicamente sondas de evaluación a la Tierra para buscar signos de vida que indiquen la habitabilidad del planeta y es precisamente de una de estas sondas, Eva, de quien Wall·E se enamora.

Sin embargo, Eva es absorbida nuevamente a la estación tras haber cumplido su misión, y Wall·E corre a alcanzarla. Hasta ahí, la cinta es una tierna historia de amor entre dos robots: el oxidado y débil Wall·E y la brillante y moderna Eva.

Una vez en la nave, la situación es sorprendente, humanos increíblemente gordos, con los miembros atrofiados, sentados sobre sillones flotantes que tienen una pantalla que es su única forma de comunicación son los demás y alimentados permanentemente por un sorbete.

Personas ausentes de todo contacto con la realidad, viviendo en una experiencia inauténtica permanente ruptura con los demás, con su entorno, consigo mismos y con Dios. Tras siglos flotando en el espacio, todo aquello parece haber perdido importancia y sólo interesa la supervivencia.

Me pongo a pensar si no estamos ya cerca de eso: pasamos horas al día al frente de una pantalla sea la del computador o la del celular, la comunicación con nuestros seres queridos se reduce cada vez más a medios virtuales. Del mismo modo, evitamos los espacios de encuentros con uno mismo, por miedo a reflexionar o a no querer responder a nuestros anhelos más profundos.

La belleza y perfección de la Creación ya no es sorprendente ni emocionante, la ciudad con todas sus comodidades y “emociones” parece más interesante. ¿Encontrarnos con Dios? El mundo del siglo XXI quiere borrarlo de todos los aspectos de la vida, deja de ser relevante en “términos prácticos”, cuando en realidad sólo Él puede dar sentido a nuestra existencia y responder a los anhelos y vacíos que experimentamos y que en vano intentamos llenar con cosas materiales.

Mi amigo Miguel Jaramillo escribió antes sobre la cinta, les recomiendo leerlo aquí

martes, 9 de septiembre de 2008

Metiendo el polvo bajo el tapete

No sólo don Simón nos tiene desesperados por las calles cerradas y pistas destruidas, su colega Luchito Castañeda está haciendo lo mismo en Lima.
Mi enojo y frustración no son causados por las obras en sí mismas, que en realidad son algo bueno, sino por sus efectos en el tránsito y estado de ánimo de los que transitamos por las calles.
¿Por qué se le ocurre a nuestros alcaldes hacer decenas de obras simultáneas justo antes de un evento importante (llámese cumbre de APEC)? La situación me recuerda a cuando tenemos la casa completamente sucia y desordenada y se anuncia una visita en muy poco tiempo. No hay tiempo para ordenar y limpiar adecuadamente la casa, así que tratamos de ocultar todas las cosas sueltas en un cuarto donde no vaya a ir el invitado, cerramos las puertas de los dormitorios y metemos el polvo debajo de la alfombra.
Probablemente el invitado se lleve una buena impresión, pero una vez que se vaya, el desorden en la casa va a seguir tal cual.
De repente estoy siendo duro con los alcaldes, pero queda para la reflexión ¿por qué esperar a grandes eventos para hacer obras apuradas? ¿por qué no hacerlas de manera ordenada de modo tal que no se destruya la paciencia de los ciudadanos?