sábado, 13 de septiembre de 2008

No quiero seguir vivo, quiero vivir

Aunque vi esta cinta hace ya más de un mes, me gustaría compartir esta nota en la blogósfera.

Disney y Pixar nuevamente nos sorprenden con una cinta dirigida al público infantil y aparentemente hecha para niños, pero que también encierra un mensaje más profundo. Ya lo hizo hace algunos años con “Los increíbles” y lo vuelve a hacer con “Wall·E”.

Wall·E nos narra la historia del último de una legión de pequeños robots (sobrinos lejanos de Johnny 5 de Corto-circuito) que tienen como labor recoger la basura acumulada en la Tierra por los humanos durante décadas, mientras la humanidad espera en una estación espacial que orbita la Tierra hasta que nuevamente pueda soportar la vida.

La tripulación de la estación envía periódicamente sondas de evaluación a la Tierra para buscar signos de vida que indiquen la habitabilidad del planeta y es precisamente de una de estas sondas, Eva, de quien Wall·E se enamora.

Sin embargo, Eva es absorbida nuevamente a la estación tras haber cumplido su misión, y Wall·E corre a alcanzarla. Hasta ahí, la cinta es una tierna historia de amor entre dos robots: el oxidado y débil Wall·E y la brillante y moderna Eva.

Una vez en la nave, la situación es sorprendente, humanos increíblemente gordos, con los miembros atrofiados, sentados sobre sillones flotantes que tienen una pantalla que es su única forma de comunicación son los demás y alimentados permanentemente por un sorbete.

Personas ausentes de todo contacto con la realidad, viviendo en una experiencia inauténtica permanente ruptura con los demás, con su entorno, consigo mismos y con Dios. Tras siglos flotando en el espacio, todo aquello parece haber perdido importancia y sólo interesa la supervivencia.

Me pongo a pensar si no estamos ya cerca de eso: pasamos horas al día al frente de una pantalla sea la del computador o la del celular, la comunicación con nuestros seres queridos se reduce cada vez más a medios virtuales. Del mismo modo, evitamos los espacios de encuentros con uno mismo, por miedo a reflexionar o a no querer responder a nuestros anhelos más profundos.

La belleza y perfección de la Creación ya no es sorprendente ni emocionante, la ciudad con todas sus comodidades y “emociones” parece más interesante. ¿Encontrarnos con Dios? El mundo del siglo XXI quiere borrarlo de todos los aspectos de la vida, deja de ser relevante en “términos prácticos”, cuando en realidad sólo Él puede dar sentido a nuestra existencia y responder a los anhelos y vacíos que experimentamos y que en vano intentamos llenar con cosas materiales.

Mi amigo Miguel Jaramillo escribió antes sobre la cinta, les recomiendo leerlo aquí

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